Cualquier estímulo sobre el cuerpo, ya sea un ruido, la sensación de sed o un pensamiento, por ejemplo, produce una respuesta de alerta.

Para volver a la situación de equilibrio, el cerebro organiza una serie de complejas acciones.

Si estas acciones son eficaces el desequilibrio desaparece. Sin embargo, si no se consigue dar con una respuesta apropiada, el cerebro permanecerá activado enviando nuevas órdenes al cuerpo con el fin de que alguna acción resuelva el problema.

Se inicia el proceso circular de estrés, donde la demanda de una solución y las continuas respuestas ineficaces mantienen al organismo en una lucha constante, aumentando los niveles de ansiedad, tensión física y malestar psicológico. Este nocivo proceso puede comprometer seriamente la salud.