El término “terapia centrada en la persona”, fue acuñado por Carl Rogers, considerado el creador de la Corriente Humanista en el campo de la psicología clínica.

Su principal característica reside en que cliente y terapeuta mantienen una relación responsable y de colaboración, en la que ambos trabajan conjuntamente en favor del bienestar del cliente, dentro del contexto de la terapia.

La persona es considerada como activa en la búsqueda de su bienestar. En oposición a otras corrientes que intervienen sobre supuestas psicopatologías, el enfoque humanista considera que la persona puede verse afectada por determinadas disfunciones que le llevan a solicitar apoyo terapéutico, en esa búsqueda de su bienestar.

Tres cualidades han de estar presentes en el terapeuta humanista:  

  • Empatía, para comprender el mundo personal del cliente
  • Aceptación incondicional de la forma que el paciente tiene de mostrarse y revelar su mundo; y 
  • Autenticidad para mantener un diálogo constructivo y sincero con el paciente


Desde la perspectiva de la Psicología Humanista, la finalidad última del proceso terapéutico conlleva la restitución de la autonomía personal y el valor de responsabilidad sobre los propios sentimientos, pensamientos y comportamientos.