Desde la perspectiva de la cognición cada persona posee una visión del mundo que incluye opiniones sobre su situación, las relaciones con los demás y lo que espera que ocurra en el futuro.
Desde esta visión construimos activamente redes de significados –por acción u omisión- sobre los que se edifica la identidad, el yo.
En este sentido, al adoptar una posición respecto al mundo, se deja de lado otros puntos de vista, otras posibilidades de ser y existir.
La posición de partida se refuerza cada vez que otros comparten la misma visión y validan dichos puntos de vista.
Lo problemático de este enfoque surge por oposición: cuando el sistema de construcciones, es decir, aquello que llamamos identidad, no es capaz de acomodarse a los acontecimientos a los que se enfrenta. La consecuencia lógica en estas circunstancias es el aumento de los niveles de estrés y ansiedad.
Existe la posibilidad de revisión de las creencias que activan el comportamiento e intentar comprender cómo se relacionan con el problema y, en su caso, hacer un reajuste de las construcciones identitarias, o mantenerse anclado a una posición y pagar el precio que conlleva el rechazo. En mi opinión, ambas opciones son igualmente dignas, hasta cierto punto.