Reencuentro

Nota biográfica sobre un sueño de integración

Esta historia que presento narra un sueño que tuve hace años, así como los antecedentes que le dan contexto y que nos permiten entender la capacidad de los sueños para generar significados y dar sentido a la experiencia de vida.

 

Reencuentro

Hubo un tiempo en el que el desconfiado iba a la vanguardia de los acontecimientos. Un poco por detrás lo acompañaba el risueño y, en ocasiones, intercambiaban las posiciones.

Al desconfiado, pongamos que se llame Jesús, le gustaba opinar. No era fácil sorprenderlo. De entrada solo creía aquello que estaba probado por alguna autoridad, llegando incluso a recelar de sus propios descubrimientos si no estaban amparados en alguna teoría, si no demostrada, al menos sí plausible para su mente escéptica. La lectura, la poesía y la reflexión eran sus pasiones.

Por su parte, el risueño -lo llamaremos Willy- era un tipo vitalista cargado de energía, de esos que lo fían todo a su intuición. Atrevido, de movimientos felinos, a veces perdía la gracia arrastrado por oscuros y temerarios impulsos. La lealtad era su más alto valor y la música y los amigos, sus confidentes.

Al final de la adolescencia se separaron y cada uno siguió su camino. Y un día, muchos años después, volvieron a encontrarse en un sueño.

 

“Estaban frente a frente, en el campillo -ese escenario de la infancia dentro de los contornos de la tierra conocida que limitaba al fondo una hilera de algarrobos. Una tierra de arcilla, oquedades y cuevas que usaban algunas familias de paso por el pueblo como morada ocasional y que cuando estaban vacías se convertían en escondrijos para nuestros juegos y aventuras-.

Al principio no se reconocieron, eran dos forasteros de un tiempo remoto sin nada que decirse. Durante un tiempo todo siguió igual. Solo la luz del día parecía moverse hacia un resplandor más intenso. Mientras, los tonos ocres de sus siluetas desaparecían en el paisaje.

El ambiente estaba cargado de tensión, como si cada uno sintiera la amenaza del otro. Se miraron con recelo hasta que, de un salto, se cogieron por los brazos y empezaron a forcejear. Enzarzados en una pelea cayeron al suelo. Sus corazones vibraban de determinación. Ambos sentían la lucha como una causa noble, una cuestión de supervivencia y autoafirmación.

Siguieron rodando por la tierra envueltos en una cubierta de polvo y sudor hasta que agotaron sus fuerzas. Entonces se separaron y así, con algo de distancia entre ellos, pudieron verse.

–Tú eres el Willy, dijo uno.

-Y tú, Jesús, confirmó el otro.

Se reconocieron. Y abandonándose a un movimiento irresistible y lleno de alegría se unieron en un abrazo que les aflojó los músculos hasta sentir ese estado de levedad y gracia que se experimenta cuando algo dentro de ti está desconectado y de pronto encuentra su lugar, se integra. Una experiencia amorosa que continuó al despertar.

 

Este sueño es del año 1992. Por aquella época participaba en un curso sobre el trabajo con sueños en Barcelona. Sin embargo, entre la ruptura interna de la adolescencia –y, en parte, a consecuencia de ella- y el sueño pasaron otras muchas cosas que sembraron dudas sobre mi identidad y reforzaron el autoconcepto negativo que tenía de mí.

Tenía avidez por encontrar algo que me sacara de una vida sin vida, por sentir. Más tarde entendí que andaba buscando mi ser a ciegas. Me daba cuenta de mi falta de espontaneidad y del temor aversivo que sentía hacia el conflicto, una combinación que me angustiaba y hacía de mí un ser dócil, taimado y dependiente. Comencé a echar de menos el Willy, su gracia, espontaneidad, atrevimiento, confianza y gallardía. Me daba cuenta de que al renunciar al apelativo Willy de alguna manera renunciaba a vivir sin miedo, sometiendo mis movimientos y emociones a un férreo control. En ese contexto produje el sueño de integración.

Este sueño, además de producirme la inmensa alegría del reencuentro con los paisajes de la infancia, me dio unas claves preciosas para comprenderme. El hecho de que yo evitara el conflicto directo, y que en el sueño solo se diera el encuentro después de haber entrado de lleno en él con todas sus consecuencias, supuso un hallazgo y un recurso valiosísimo con que afrontar la vida desde una posición proactiva y confiada. Además de la inyección de autoestima que supuso, comprendí que solo actuando sobre lo que se teme es posible abrir espacios nuevos a la experiencia e integrar lo que está separado, de manera que ya no sea necesario ejercer control sobre lo que se siente, sino todo lo contrario, fluir con ello para dejarse ser.

Desde entonces he llenado muchas páginas con los relatos de mis sueños. Y ahora, cuando tomo alguno de esos cuadernos y leo algún sueño, además de reconocer las circunstancias existenciales del momento en el que se produjo la experiencia onírica, descubro las claves que me permiten comprender y crear un relato sentido y coherente de mi vida.