
-Me siento mal por no haber estado más tiempo con él, por haberle dedicado tanto tiempo al trabajo en lugar de salir a pasear juntos más veces.
Esto me cuenta una mujer en la edad de la madurez que dejó su casa y viajó 500 kilómetros para instalarse de nuevo en la vivienda familiar y así poder cuidar a su solitario y moribundo padre en los últimos meses de su vida.
-Odio cocinar, pero he tenido que hacerlo tres veces al día durante cuatro meses.
-Y, ¿qué otras cosas has estado haciendo?
-He visto un montón de películas con él que no me gustan; he tenido que estar pendiente de la medicación, de arreglar la casa, de hacerle compañía… y de tele-trabajar.
Se emociona cuando rememora el recuerdo del padre.
Yo no dejo de sentirme conmovido por esa ingenuidad suya de exigirse siempre un poco más, como si de haber hecho las cosas de otra manera hubiera podido impedir que la muerte se lo llevara y que el sentimiento de pérdida por su ausencia fuese menor.
Todavía me resulta más compasivo descubrir que en eso de la insatisfacción es fiel a su madre, porque igual que ella, en su registro emocional, no tiene permitido el sentimiento puro sin más determinantes, ni tan siquiera por la pérdida del padre, y que puestos a sentir, ha de sentirse culpable.