Destino

El punto de desequilibrio existencial comienza cuando se rechaza lo que es en cada momento, ya sean situaciones, síntomas, personas o sentimientos.

Se huye de muchas formas: negando, luchando, argumentando… Mantenemos el desequilibrio con todas estas acciones para poder pasar a otro momento, como queriendo entrar en la solución sin mirar al problema, dejando atrás el dolor. Pero de esa manera el desequilibrio se mantiene y el dolor persiste.

El punto de equilibrio, por el contrario, se encuentra honrando el presente tal cual se manifiesta, viviendo el destino en cada momento.

El destino es una fuerza más grande que la voluntad personal, es el marco y los límites por el que transcurre la vida.

Así visto, el destino no aparece como una meta, sino como un proceso que se expresa en cada momento con lo que es.

El destino, como la vida, está más allá del control personal que se pueda ejercer sobre los hechos.

Entregarse a lo que es, es entregarse al destino, a la vida manifestada en el presente continuo, aquí y ahora. Honrarla. Y asentir a todas sus formas.

Así ensanchamos los límites del destino autoimpuesto y abrimos las puertas a nuevas posibilidades de realización, dejando atrás el marco autorreferencial y limitado en el que -muy a menudo y tristemente- envejecemos junto a nuestros personajes.