El jaguar y el escarabajo

La niña huía junto a su madre.

Detrás de ellas, a escasos metros, un jaguar de aspecto feroz las perseguía.

De repente, y entre jadeos, la mujer detuvo su paso.

La niña, sorprendida por la decisión de la madre, a punto estuvo de caerse antes de frenar la carrera.

De entre la quietud sonora de la jungla sobresalía el golpeteo seco de los corazones y el ruido mudo de los músculos alertados por la tensión del momento.

La mujer se acuclilló sin apartar la mirada del jaguar y agarró un escarabajo que andaba entretenido con los guijarros junto a sus pies.

Luego se irguió, y que con el brazo extendido y el insecto entre los dedos de la mano, señaló en la dirección del félido, que también detuvo su carrera.

Hubo un silencio prolongado, como si el reloj hubiera dejado de girar escasos minutos antes de llegar al mediodía.

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Desde lo alto de la rama el cuervo levantó el vuelo.

El ruido de su aleteo despertó a tan singular trío de la ingravidez extática en la se habían sumido.

Y como si se reanudase la escena de una película hasta entonces retenida por la decisión del montador, los tres se pusieron en movimiento.

El jaguar, indolente, pareció perder todo el interés que motivó su carrera y, girando sobre si mismo, se alejó del lugar con paso tranquilo.

Madre e hija vieron perderse la silueta del felino entre el follaje del bosque antes de reemprender, también ellas, el camino.

Se sentían en paz.


Nota

Cuando tomamos una decisión lo hacemos recogiendo información sobre lo que está pasando. Por ejemplo: llueve, hace viento, tiemblo.

A estos tres elementos los podríamos nombrar como signos o señales. Constantemente vamos leyendo señales, a cada paso que damos, tanto si la actividad es rutinaria, como si es compleja. Utilizamos los sentidos para ello.

De esta manera, la señal “llueve” la captamos a través de la vista y el oído; la señal “viento”, con el oído y la vista si veo que las ramas de un árbol se mueven; y el temblor, a través del sistema propioceptivo.

Nos apercibimos de las señales del entorno y a partir de ellas tomamos una decisión y ejecutamos una respuesta.

La gran mayoría de las respuestas que hacemos a lo largo del día son automáticas. No hace falta preguntarse qué he de hacer, simplemente lo hago. Si llueve, salgo a la calle con un paraguas; si tiemblo, me pongo más ropa y si me persigue un jaguar, huyo.

Y viceversa: si alguien nos observara con un paraguas podría pensar que está lloviendo; si nos ve con mucha ropa, pensará que hace frío y si nos viera huir delante de un jaguar pensaría que tenemos miedo.

Esto es lo habitual. Desplegamos una actividad en función de lo que percibimos.

Para nosotros eso es la realidad. Podría decirse que la realidad es la actividad que cualquier persona despliega a partir de sus percepciones, lo que equivaldría a decir que la realidad y la percepción son la misma cosa.

Quizá la vida fuese más simple si el lenguaje careciera de ambigüedad, si nuestras percepciones no estuvieran condicionadas por nuestra historia previa y si no existieran los conflictos, que podríamos definir como el choque entre dos percepciones o realidades diferentes.

La vida sería más simple, pero solo sería una ilusión. Necesitamos el conflicto para avanzar, para despertar, para hacernos persona.

*Este relato terapéutico y su título es una versión libre de un poema recogido en la obra Antología de poesía primitiva, de Ernesto Cardenal.


Nota 2. Si te preguntas por qué necesitamos el conflicto para avanzar o quieres hacer alguna sugerencia o debatir sobre el cuento, te invito a que escribas un comentario en el formulario.