
A principios de los años 90 del siglo pasado tuve la oportunidad de vivenciar el trabajo de Thérèse Bertherat, la “Antigimnasia”.
Acompañado por Glòria Martínez, una de sus discípulas -y de mis maestras-, me sumergí en un viaje sorprendente y conmovedor al encuentro de mi cuerpo. Pura materia, objetividad.
Y sin buscarlo, me re-encontré con antiguas emociones que, pacientes, aguardaban mi llegada entre fibras musculares y regiones cerebrales de memoria episódica. Como dice Bertherat, regresaba a casa. Recuperaba lo que era mío y había olvidado oculto bajo espesas capas de tensiones, pre-juicios e inconsciencia. Sin duda, buenos recursos para sobrevivir. Pero enseguida comencé a sospechar que eso de vivir era otra cosa.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces, mucha vida. Y entre tanto, he ido comprendiendo que no podemos escapar de nuestra historia; que evitar el dolor es mantenerse en un estado de permanente insatisfacción vital y que la alegría, no tiene que ver con la enajenación ni con otras fórmulas evasivas.
No. Y esto es paradójico: la alegría surge de un movimiento interno que asiente a lo que se manifiesta tal cual es, independientemente de su categoría moral o la preferencia personal.
Asentir, por ejemplo, al deseo frustrado de ese niño que nos habita y desea ser amado en cualquier lugar y circunstancia; o a las expectativas no realizadas; o a que el corazón te lleve ahí donde te cuesta ir: un duelo, el amor alejado del ideal o esa tarea que te produce desasosiego.
He descubierto que la alegría necesita cuidados y espacio para lo improbable; que se nutre cuando sostenemos la tensión de la incertidumbre sin sobreactuar, y se eleva cuando nos rendimos ante la derrota y celebramos los éxitos.
Cuando agradecemos la vida tal cual se nos ofrece.
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