El paso a la edad adulta siempre es complicado. Y quizás aún lo sea un poco más en esta época cargada de presiones para adaptarse a un mercado laboral precario y desafiante que invade las expectativas de los y las jóvenes desde la primera adolescencia, mientras cursan la ESO y comienzan a experimentar las punzadas del deseo sexual y la búsqueda de identidad.
Desde hace años vengo trabajando con personas entre los 17 y los 29 años con dificultades para comprender y gestionar sus estados de ánimo, deseos y comportamientos, echadas a la carrera desenfrenada del progreso social y con la mochila cargada de tareas pendientes.
Personas que paradójicamente pagan con su salud mental el precio de no quedarse relegas en el camino hacia la independencia económica y social. Chicas y chicos que desde muy temprano viven con normalidad sentirse inadecuados, reducir las horas de sueño y estar sometidos al estrés de las redes sociales y la competitividad académica. Gente sin duda excepcional y sensible con problemas de autoestima, autoimagen y autoconcepto en diferente grado.
Así las cosas, llegado el momento de la emancipación familiar, la situación suele agravarse. Es difícil manejarse en la incertidumbre cuando se está emocionalmente al borde del colapso durante mucho tiempo.
Como padres creo que en esta etapa hemos de estar al lado de nuestras hijas e hijos, por más que la comunicación y el entendimiento se hagan esquivos a la razón y a la paciencia. De otro modo, serán el mercado y el consumo quienes se encarguen de modelar sus necesidades y emociones.