Bailar la pena

Se sentía aplanada, sin ninguna emoción que destacara por encima de otra ni inflexión en su habla que matizara el tono monocorde de su voz.

Una bruma se le había instalado en la franja pélvica que me frena, dijo, como si caminara dentro del agua, con gran esfuerzo para moverme.

Acerca tu mirada ahí y escucha, le propuse. Date un poco de tiempo para sentir tus piernas, la pelvis, el vientre.

Sé paciente.

Respira.

No pasó demasiado tiempo para que en sus ojos se formaron unas lágrimas pequeñas y calladas.

No se trataba de un torrente, sino más bien de un drenaje, como si el agua acumulada entre tanta inhibición encontrara la grieta por la que derramarse. Me siento triste.

Solo era eso.

Siguió en silencio, con su escucha, acogiendo el leve atragantamiento de la garganta, observando cómo la suave agitación de su vientre ascendía hasta allí.

A medida que su respiración crecía y se hacía más amplia, aparecían ante ella espacios y cavidades nuevas, un interior que iba habitando con su presencia de la misma silenciosa manera que la pleamar inunda las tierras bajas de las marismas.

La niebla comenzaba a despejarse y el paisaje aplanado iba mudándose en otro más vibrante, pleno de sensaciones y matices.

Algo, como el despojarse de un vestido demasiado ceñido, fue cayendo atraído por la tierra, dejando al desnudo el contorno de emociones quebrado por el temblor.

Empezó a sonreír para adentro, como cuando se es testigo de un descubrimiento.

Yo percibía su gozo en mi pecho, que sentía más ligero.

Me miró con timidez y dijo: tengo ganas de bailar. Baila, le dije, poniendo un disco en el equipo de música.

No se atrevía.

Me miraba con los ojos de la niña que se muere de ganas de dejarse llevar por su deseo, pero no tiene permiso para hacerlo.

Siento vergüenza, confesó, mientras la bruma reaparecía en su rostro y su mirada se clavaba en el suelo.

Le invité a que prestara atención a su emoción, a que le hiciera sitio entre sus vísceras y se dejara tocar por ella.

Puedes ponerte a su lado y acercarte con delicadeza, como si quisieras acariciar una mariposa sin dañarla.

Los movimientos vegetativos se sucedían dentro de ella. Su cuerpo era una caldera burbujeante.

Después de un tiempo de espera cargado de emoción, le pregunté que a quién no le parecería bien que bailara, si a su padre o a su madre.

Mi madre, dijo, cantó en un coro. Insiste en que hay que ser responsable, hacer lo que se debe hacer y cumplir con las obligaciones. Mi padre era una persona alegre al que le gustaba celebrar la vida.

La invité a que imaginara que su madre estaba ahí con ella y le decía: mamá, gracias, yo me ocupo de lo necesario, de que todo esté en orden en mi casa.

Y ahora, me gustaría bailar contigo.

De inmediato, alzó la cabeza y nos miramos.

Sus mejillas iban recobrando el calor y la sonrisa despejó definitivamente la bruma de su rostro.

Voy a sacar a bailar la pena, anunció.

Y sin más, se levantó y comenzó a ejecutar su movimiento.

Con timidez al principio y con entrega poco después, como si se hubiera encontrado con esa alegría con la que a su padre le gustaba celebrar la vida.

A Mari Ángeles, noviembre 2020

 

*Imagen: “Mäda Primavesi”, de Gustav Klimt (1912-1913)

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