Feminismo y lenguaje

El lenguaje es inocente. No tiene patria ni dueño. Se deja usar: claro que el lenguaje por sí solo no es nada. No tiene voluntad ni interés en decir esto o aquello. El lenguaje no dice, de la misma manera que el teléfono no habla. Para decir o hablar, para que el lenguaje sea algo y se haga culpable de separar lo que un día estuvo unido, hace falta que alguien lo articule, le de voz.

Crecí en una casa junto a cinco hombres y cuatro mujeres, mi madre biológica y mis tres hermanas mayores, que han sido como otras tantas madres para mí. De todas ellas recibí cuidados y cariños manifiestos. Me gustaba estar entre ellas.

En cambio siempre me resultó más difícil estar entre hombres. Con los de mi familia, también. Y con los que estaban allí afuera, esperando, en la escuela, en los equipos de balonmano con los que peloteaba desde bien jovencito, en el trabajo, en la mili o con los “colegas”. Para relacionarme con los hombres hube de embriagarme de diferentes maneras. También para estar con las mujeres.

Yo no lo sabía, pero de una manera visceral me resultaba intolerable que mi madre se levantara del sofá para prepararme la cena -en aquel entonces, yo regresaba tarde del instituto: trabajaba durante el día y estudiaba por la noche-. Me molestaba que ella no se diera permiso para parar, -quizá por mala conciencia, porque a mí sí me gustaba darme al placer del dolce far niente-.

Veía a mi madre demasiado abnegada, sobrecargada por la tarea, siempre con el delantal puesto y disponible para atender cualquier asunto –yo no lo viví, soy el séptimo sin contar los no nacidos, pero parece que también iba a la siega y a recoger la aceituna con algunos de sus hijos, incluso recién nacidos-.

No tenía descanso esa mujer de manos nudosas como sarmientos. Era la última en acostarse después de dejar todo listo para que el despertar fuera amable con nosotros. Incluso velaba mi sueño en aquellas noches que no conseguía desprenderme de la pesadilla, esperando junto a mí a que despertara. No sabía abrazar, pero tenía el pecho abierto para que yo me zambullera en él, ¡cuánto consuelo y cuánto gozo!

No sabía abrazar. Pero con el tiempo también eso lo aprendió, junto con parar-se: la muerte del menor de sus hijos, las dos roturas de cadera y, sobretodo, un alma con las ansías de amar intactas aunque se pasara la mayor parte de la vida en el laberinto, sin canciones, sin risas y vestida de negro, la salvaron del olvido. Y amó. Y abrazó. Y dejó de correr detrás del tiempo. Y comenzó a sonreír, a dejarse hacer, a vivir. Y así se marchó, de la mano del tiempo y de la muerte, reconciliada con la vida. Dulcemente.

Nadie me lo dictó, pero fueron muchas las que me lo enseñaron a lo largo del camino. A hacerme cargo de lo mío, a cuidar lo que quieres. A querer a los hombres y a las mujeres -al principio con la ceguera de quien ama para ser amado; ahora con la claridad de quien ama porque quiere amar-. Aprendí a cuidar la vida que se me entregó y la vida que ayudé a engendrar. A ser equitativo, a sostener la frustración, a mirar por el bien de lo inocente. A no sentir vergüenza cuando lloro, solo tristeza. A ser fuerte a partir de mi vulnerabilidad. A proteger a los míos y a quienes son discriminados por su sexo, raza u origen -también ayudaría a quien fuese perseguido por sus creencias religiosas, llegado el caso-.

No recuerdo cómo surgió, supongo que por amor a mi madre y a mis hermanas, pero nunca he tenido dudas de que más allá de las diferencias biológicas, un hombre y una mujer son iguales en cuanto a responsabilidades y derechos. Y para mí, ejercer mi derecho y ponerme al servicio de mis responsabilidades son actos de realización personal.

Por eso no necesito cambiar el genérico plural para incluir a las mujeres en el mundo de mis iguales. Porque como ya dije, el lenguaje no dice nada. Solo la voz de quien habla dice a través del lenguaje. Y ante el intento de apropiarse de la representación de los hombres por parte de esa derecha de “notables” varones, no tengo duda de cuál es mi sitio.

¡Viva el movimiento feminista y su lucha emancipadora!