La historia personal es un territorio de tejidos, vísceras y músculos

Se dice que la cara es el espejo del alma, pero se conoce menos que en la espalda cargamos el peso de nuestra historia, y no es una metáfora.

En la espalda almacenamos las vivencias de nuestra historia personal. Quizás porque el espejo oculta lo que hay detrás de la imagen que nos devuelve, no somos tan conscientes del lastre que acarreamos de aquí para allá. A veces, tenemos una vaga percepción de su carga por omisión, cuando nos sentimos relajados o recibimos un abrazo.

La historia personal es un territorio de tejidos, vísceras y músculos. Regiones formando cordilleras a base de nudos musculares, valles planos sin apenas aliento y hundimientos abismales insensibles como agujeros negros.

La historia personal es la memoria de los personajes con los que nos manejamos en los asuntos cotidianos, porque no hay otra forma de interactuar en el medio; es la única manera que tiene la cosa en sí de moverse en este mundo de apariencias.

Hay quien dice que cuando nos identificamos con el personaje nuestros actos son los de alguien que se expresa con autenticidad. Y, quizás, sea cierto. El problema aparece cuando el personaje se mimetiza con eso que somos, hasta el punto de usurpar la voluntad que nos mueve. Y no solo es una cuestión existencial. Es algo más inmediato, pero oculto al espejo y, por eso mismo, difícil de detectar.

No podemos vernos la espalda, pero sí sentirla. No podemos dejar de interactuar con los personajes, pero sí desnudarnos de ellos. Tampoco podemos olvidarnos de nuestra historia personal, pero sí dejar la mochila en el zaguán.

Si quieres saber cómo, te recomiendo una sesión de Diafreoterapia. No te aseguro que vaya a cambiar tu vida, pero sí tu percepción sobre la carga que arrastras y la energía que empleas en mantenerla, por omisión.

 

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