El poder de la palabra

Hay que tener cuidado con lo que se afirma. Con frecuencia decimos cosas como: “no me quiero poner nervioso” o “no quiero que sus decisiones me condicionen”. En estos dos ejemplos la atención se centra en aquello que se quiere evitar. Sin embargo, es probable que, después de darle muchas vueltas, las preocupaciones continúen ahí e incluso estén más fortalecidas.

Una recomendación para frenar el curso de los pensamientos automáticos y recurrentes es cambiar los enunciados negativos a su expresión en positivo. Por ejemplo: “de qué manera puedo disfrutar del viaje, la entrevista, la conferencia, la reunión, etc…” o “qué puedo hacer para preservar mi autonomía”.

Estos planteamientos en positivo tienen la capacidad de generar acciones que resuelvan los problemas, mientras que los planteamientos en negativo suelen tener un efecto paralizante.