No todo es negociable en el amor, no lo es la forma de amar.
Cada uno ama de una forma particular, de aquella manera que sabe hacerlo. Y el solo intento de que nos amen como deseamos ser amados crea una grieta en la relación que, presumiblemente, se agrandará con el paso del tiempo. Porque ese deseo niega la forma en que el otro ama, la consigna como inadecuada, incompleta.
Aprender a ser amado como el otro nos ama desplaza al amor idealizado a un segundo plano, que es donde debería permanecer para no contaminar la relación con fantasías egoicas, y coloca al amor adulto, responsable y dialogado en el centro. Ese aprendizaje comprende que el otro es agente de sus decisiones, un ser completo. Y lo es, además, como consecuencia de la aceptación a su forma de amar.
En el proceso de amar la manera que el otro tiene de amarnos, incluso aquello que confronta nuestro deseo, se abre la vía de acercamiento y encuentro entre dos seres que se aman y respetan.
En este sentido, el amor es un poderoso agente de confrontación de las creencias previas y, en consecuencia, de transformación personal.
La relación es un tapiz que se teje momento a momento con materiales tan diversos como la sintonía, las contradicciones y la palabra y no sólo una lista de derechos y obligaciones. Pero como en todo, también en el amor hay límites.