Huir

Hay días que a uno le toca decir adiós

sin saber exactamente de qué se está despidiendo

L. Juárez

 

A Ana

 

Huir, ese parecía ser su único afán.

Huir.

No sabía muy bien de qué ni hacia adónde, pero necesitaba huir y quitarse de encima el miedo que le perseguía.

-Mi mente está ocupada en escapar, no me pidas que piense en otra cosa.

El comentario me dio a entender que todavía mantenía cierto contacto con la situación.

Lo intenté de otra manera:

-Si huyes ¿cómo sabrás qué es lo que está ocurriendo?

-No quiero saber lo que me ocurre.

-Entonces, ¿cómo podrás encontrar una salida?

Repentinamente dejó de hablar. Sentí su ausencia, su cuerpo abandonado en el sofá, demasiado pesado como para colarse por la estrecha ranura por la que se deslizaba su mente.

El silencio era un liquen que se extendía ante nosotros sin prisa y apenas sin propósito; un silencio callado y, en ocasiones, agitado por leves e involuntarios estremecimientos de su cuerpo.

Yo me mantenía cerca, en contacto.

 

Algunas lágrimas desbordaban el dique de sus ojos y rodaban mansamente por las mejillas, mientras caprichosos contorsionistas tironeaban de los músculos dibujando muecas angustiadas en su rostro.

Su mirada huidiza parecía buscar una explicación a esa amalgama de sensaciones disfóricas que trasegaban su cuerpo. Encontrar algún hilo del que tirar, una fuente que pudiera aliviar esa pertinaz sequía que asfixiaba sus anhelos.

 

El tiempo era una dimensión hipnótica y envolvente.

Mi atención permanecía en un estado de alerta constante, aguardando con paciencia cualquier emergente fisiológico o emocional.

Aparentemente parecíamos dos viajeros que en algún punto del camino hubieran tomado rutas diferentes, pero yo no dejaba de atender con mi cuerpo cada uno de sus movimientos.

A veces me abstraía y meditaba sobre la relación entre el tiempo psicológico y el tiempo cronológico, sus diferentes naturalezas y el paso que va del uno al otro.

Lo imaginaba como una puerta que comunicara ambos mundos: hacia un lado conduciría a un lugar donde el tiempo está suspendido y los sucesos no tienen ni presente ni pasado ni futuro.

Y en algún momento debí atravesarla porque, de repente, estaba vagando por un territorio de fantasías, deseos, recuerdos y sensaciones que no hubiera podido diferenciar de la realidad.

 

No sabría decir con exactitud la distancia que habían recorrido las manecillas del reloj, pero desperté de la ensoñación sobresaltado por el estado de agitación de A. Me di cuenta que, de alguna manera, estaba atrapada en su mundo onírico sin encontrar la puerta de regreso al tiempo cronológico.

 

Como el volcán que vuelve a la calma después de expulsar la furia acumulada en sus entrañas, los movimientos de su cuerpo se fueron apaciguando. Su respiración se hizo más estable, hasta recobrar el aplomo y la consciencia de sí.

Entonces me miró sin prisa. Sus ojos tenían el brillo triste de las sonrisas que guardan para sí el secreto de su pasión. Pero por la forma relajada de su cuerpo entendí que quería compartirlo conmigo.

Se aclaró la voz como quien camina por un puente recientemente reconstruido y comprueba su resistencia.

-Es muy difícil quedarse y no huir, sostenerse ante esos recuerdos duros como piedras.

-¿Qué te está ocurriendo?, insistí.

-No lo sé, fue su primera respuesta. He sentido mucho miedo. Miedo al dolor, a la tristeza, a la soledad. Ahora ya estoy mejor.

Había regresado.

Nos tomamos brevemente las manos antes de despedirnos.

 

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Esta es la historia de una sesión de terapia contada con recursos narrativos que quiere contribuir a la toma de conciencia sobre la posibilidad de contar las experiencias traumáticas desde una perspectiva integradora, sin dejar de ser leal a la realidad de los hechos.

Desde la perspectiva de la Terapia Narrativa, el trauma es la imposibilidad de salir de un relato paralizante que se retroalimenta a sí mismo. Por esa razón, cuando se puede contar los hechos traumáticos de una forma aceptable para la consciencia, se están abriendo nuevas posibilidades de curación.